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Recorrer, emocionarse, vibrar: así vivimos el homenaje a la Seño Elvira

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El 26 de agosto la comunidad del Pío XII se reunió para agradecer a la Seño Elvira Murias, fundadora de nuestra escuela. Pero desde el primer minuto quedó claro que esto no iba a ser un acto para mirar desde una silla: fue una experiencia para recorrer, para emocionarse, para vibrar. Familias, estudiantes, docentes, personal de maestranza, exalumnos y vecinos se encontraron -y muchos se reencontraron- en un mismo espacio, activando recuerdos que hacía años no se contaban en voz alta.

La vida de Elvira atravesó más de nueve décadas, y de ahí nació la idea que organizó todo el homenaje: elegir nueve valores que quienes la conocieron reconocen como su legado. Esos nueve valores –recogidos de una consulta abierta a toda la comunidad educativa– se transformaron en nueve estaciones de un recorrido hecho de palabras, gestos y arte.

Así se vieron representados los nueve valores esa tarde:

Fe, el punto de partida

Quienes compartieron proyectos con Elvira recuerdan que, cuando los recursos no alcanzaban, ella repetía una frase sencilla: «Dios proveerá.» Y seguía adelante, no porque ignorara las dificultades, sino porque confiaba en que toda obra hecha para el bien de los demás encontraba su camino.

Resiliencia y esperanza, sostenidas en la escucha

La recuerdan como una mujer fuerte y serena frente a las dificultades. Pero también como alguien que ofrecía algo más valioso que respuestas rápidas: su tiempo. «Cuando atravesaba situaciones difíciles en mi vida, ella se sentó a mi lado durante horas. Me escuchó, me acompañó y me aconsejó», contó la Seño Sandra.

Perseverancia, tenacidad y compromiso, año tras año

Elvira nunca dejó de creer que la educación podía cambiar vidas, y ese compromiso iba mucho más allá de un cargo directivo. Francisco Balvidares lo resumió así: «Cuando era alumno iba seguido a Dirección. En aquel momento creía que iba porque me portaba mal. Con los años entendí que iba porque allí había alguien que quería ayudarme a ser mejor persona.»

Solidaridad, concreta y cotidiana

Tal vez el valor más presente en todos los testimonios. Una familia recordó que, cuando una enfermedad los golpeó y necesitaban viajar, Elvira se ofreció a cuidar a sus abuelas. Otro testimonio contó que, cuando una docente atravesaba dificultades económicas, ella buscó la manera de ayudarla. No preguntaba si debía ayudar: preguntaba cómo podía hacerlo.

Humildad y bondad, su forma de estar en el mundo

«Muchas veces nos enterábamos por otros de las cosas que hacía. Ella nunca hablaba de sí misma», recordó Carolina Li. Y Gustavo, exalumno, agregó: «Siempre tenía una palabra justa, una sonrisa o un consejo para quien lo necesitara.» La profe Leticia lo dijo con una frase que quedó flotando en el salón: «Nos hacía sentir importantes.»

El techito que sigue cobijando

Sobre el final, una exalumna compartió una frase que escuchó muchas veces de chica: «Donde hay techito no se corre ni se grita.» Con los años entendió que ese techito era cuidado, era respeto, era comunidad. Y hoy, ese techito que Elvira ayudó a construir sigue cobijándonos.

No terminamos una historia. Renovamos el compromiso de seguir construyendo comunidad inspirados en su legado.

Esta es la primera nota de una serie dedicada al homenaje a la Seño Elvira Murias. En la próxima, la vamos a escuchar a ella misma: un registro de archivo donde habla, ya jubilada, de lo que significó para ella el amor de una docente por sus alumnos.